Viaje a los ochenta
A continuación transcribo una columna que leí en la Revista del Domingo del Mercurio, y me pareció ad hoc con lo que estamos armando para el próximo año, así que me permito compartirla con Ustedes.
(De Juan Pablo Meneses)
Desde hace un par de semanas vivo en un constante viaje al pasado. O casi. La historia es así: se cumple un rimbombante aniversario de mi salida del colegio y, de pronto (tecnología mediante), estoy en una lista de mail con casi todos mis ex compañeros. Hasta hace apenas un mes podrían haber pasado otros cinco, quince, o hasta cuarenta años sin seguir teniendo novedades de la mayoría de ellos; y no habría sucedido nada. Ahora, en cambio, recibo diariamente por lo menos cinco mails de la lista colegial. Si no es para elegir el lugar para juntarse, es porque alguna manda foto de sus hijos, o porque otro propone una ceremonia especial, o porque otra pide que donemos sangre, o porque alguno manda una cadena de la suerte. Me cuesta acostumbrarme al nuevo panorama: el pasado tan presente.Por cierto, la situación no me molesta. Más bien, me hace cosquillas en alguna parte que no podría definir. Estoy seguro que, de estar en Chile y pese a los riesgos, iría al encuentro conmemorativo y me sumaría a la caravana por el pasado. A la distancia, en cambio, no me queda más que asociar esos nombres y fotos a recuerdos. El viaje al Unicornio, el cambio de ropa frente al bowling, las copias del Burro, el Mono Madariaga, y hasta la despreciable profesora de química son, ya se habrán dado cuenta, recuerdos que sólo entienden ellos y yo. Cada curso tendrá los suyos.Sin embargo, creo que para la mayoría, el momento bisagra de nuestro paso por el colegio vino de la mano de un viaje. Nuestro viaje de estudios. Para casi todos era la primera vez que salíamos del país y, sin darnos cuenta, caímos en una Buenos Aires que por entonces hervía de democracia. En plena primavera alfonsinista saqueamos las disquerías comprando música de grupos que no habían llegado a Chile, y que tenían nombres tan raros como Soda Stereo, Virus o Sumo. Eran mediados de los ochenta, y mientras los rockeros argentinos se llenaban la cabeza con cocaína, nosotros inflábamos nuestras mochilas con zapatillas de colores que no existían en el Santiago gris militar. Jugábamos a pedir pizzas extrañas y las acompañábamos con cervezas de tres cuartos para cada uno. Para casi todos, era la primera vez que viajábamos sin los padres, y nos entreteníamos jugando a ser más adultos.Nuestro hospedaje fue en el hotel Rochester, un tres estrellas del microcentro porteño, a metros del paseo Lavalle. Recuerdo que una mañana, en el desayuno, un rápido ladrón (seguramente chileno, dijo el conserje) entró al restaurante del hotel y le robó la cartera a la mamá de una compañera. Y recuerdo una noche, mientras el resto casi dormía, con un grupo conocimos a dos sexys argentinas en el lobby y terminamos sacándonos fotos en la habitación donde ellas vivían en el mismo hotel. Entre flashes, las dos se iban cambiando de bikinis y nos mostraban los caros regalos que les solían hacer, mientras nosotros les mentíamos diciéndoles que éramos los profesores a cargo del grupo.El viaje nos había puesto en una ciudad que, desde muchos puntos de vista, nos parecía gigante, casi inabarcable. Amenaza suficiente para suspender cualquier disputa de liderazgos en pos de una única misión: sobrevivir a la sobre estimulación de adolescentes sueltos en el Buenos Aires ochentero.Ha pasado el tiempo. De muchos de ellos no volví a saber más, hasta estas últimas semanas. Escribo esta columna en la cafetería del mismo hotel Rochester, completamente remodelado y convertido en un elegante cuatro estrellas. Ya no veo a las dos argentinas sexys, por cierto. La ciudad ha cambiado. A diferencia de ese entonces, ya casi no se puede caminar por Lavalle de noche y de la primavera democrática argentina sólo queda un par de registros en algunos libros de historia. El vocalista de Virus murió de sida, el vocalista de Sumo murió por sobredosis, y el vocalista de Soda Stereo sale de gira auspiciado por una compañía de teléfonos celulares.Por el azar, y no por la nostalgia, terminé viviendo en esta ciudad donde creímos que un viaje podía cambiarnos la vida. En un momento casi le respondo a la lista de mensajes que, definitivamente, el reencuentro debiera hacerse aquí. En este mismo hotel. En esta misma ciudad. Pero claro, finalmente gana la prudencia, y sólo les escribo diciendo que no podré estar en la celebración. Y que lo pasen bien
(De Juan Pablo Meneses)
Desde hace un par de semanas vivo en un constante viaje al pasado. O casi. La historia es así: se cumple un rimbombante aniversario de mi salida del colegio y, de pronto (tecnología mediante), estoy en una lista de mail con casi todos mis ex compañeros. Hasta hace apenas un mes podrían haber pasado otros cinco, quince, o hasta cuarenta años sin seguir teniendo novedades de la mayoría de ellos; y no habría sucedido nada. Ahora, en cambio, recibo diariamente por lo menos cinco mails de la lista colegial. Si no es para elegir el lugar para juntarse, es porque alguna manda foto de sus hijos, o porque otro propone una ceremonia especial, o porque otra pide que donemos sangre, o porque alguno manda una cadena de la suerte. Me cuesta acostumbrarme al nuevo panorama: el pasado tan presente.Por cierto, la situación no me molesta. Más bien, me hace cosquillas en alguna parte que no podría definir. Estoy seguro que, de estar en Chile y pese a los riesgos, iría al encuentro conmemorativo y me sumaría a la caravana por el pasado. A la distancia, en cambio, no me queda más que asociar esos nombres y fotos a recuerdos. El viaje al Unicornio, el cambio de ropa frente al bowling, las copias del Burro, el Mono Madariaga, y hasta la despreciable profesora de química son, ya se habrán dado cuenta, recuerdos que sólo entienden ellos y yo. Cada curso tendrá los suyos.Sin embargo, creo que para la mayoría, el momento bisagra de nuestro paso por el colegio vino de la mano de un viaje. Nuestro viaje de estudios. Para casi todos era la primera vez que salíamos del país y, sin darnos cuenta, caímos en una Buenos Aires que por entonces hervía de democracia. En plena primavera alfonsinista saqueamos las disquerías comprando música de grupos que no habían llegado a Chile, y que tenían nombres tan raros como Soda Stereo, Virus o Sumo. Eran mediados de los ochenta, y mientras los rockeros argentinos se llenaban la cabeza con cocaína, nosotros inflábamos nuestras mochilas con zapatillas de colores que no existían en el Santiago gris militar. Jugábamos a pedir pizzas extrañas y las acompañábamos con cervezas de tres cuartos para cada uno. Para casi todos, era la primera vez que viajábamos sin los padres, y nos entreteníamos jugando a ser más adultos.Nuestro hospedaje fue en el hotel Rochester, un tres estrellas del microcentro porteño, a metros del paseo Lavalle. Recuerdo que una mañana, en el desayuno, un rápido ladrón (seguramente chileno, dijo el conserje) entró al restaurante del hotel y le robó la cartera a la mamá de una compañera. Y recuerdo una noche, mientras el resto casi dormía, con un grupo conocimos a dos sexys argentinas en el lobby y terminamos sacándonos fotos en la habitación donde ellas vivían en el mismo hotel. Entre flashes, las dos se iban cambiando de bikinis y nos mostraban los caros regalos que les solían hacer, mientras nosotros les mentíamos diciéndoles que éramos los profesores a cargo del grupo.El viaje nos había puesto en una ciudad que, desde muchos puntos de vista, nos parecía gigante, casi inabarcable. Amenaza suficiente para suspender cualquier disputa de liderazgos en pos de una única misión: sobrevivir a la sobre estimulación de adolescentes sueltos en el Buenos Aires ochentero.Ha pasado el tiempo. De muchos de ellos no volví a saber más, hasta estas últimas semanas. Escribo esta columna en la cafetería del mismo hotel Rochester, completamente remodelado y convertido en un elegante cuatro estrellas. Ya no veo a las dos argentinas sexys, por cierto. La ciudad ha cambiado. A diferencia de ese entonces, ya casi no se puede caminar por Lavalle de noche y de la primavera democrática argentina sólo queda un par de registros en algunos libros de historia. El vocalista de Virus murió de sida, el vocalista de Sumo murió por sobredosis, y el vocalista de Soda Stereo sale de gira auspiciado por una compañía de teléfonos celulares.Por el azar, y no por la nostalgia, terminé viviendo en esta ciudad donde creímos que un viaje podía cambiarnos la vida. En un momento casi le respondo a la lista de mensajes que, definitivamente, el reencuentro debiera hacerse aquí. En este mismo hotel. En esta misma ciudad. Pero claro, finalmente gana la prudencia, y sólo les escribo diciendo que no podré estar en la celebración. Y que lo pasen bien

0 Comments:
Post a Comment
<< Home